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lunes, 27 de abril de 2015

LA FLORA INTESTINAL Y EL ESTADO DE ANIMO

Esta es una historia real de una conocida que podríamos haber vivido cualquiera de nosotr@s. Así lo cuenta: Hace dos años viví una experiencia que cambió mi percepción acerca del cuerpo humano. Tuve una infección bacteriana en la garganta que me produjo 39º de fiebre durante dos días seguidos. 

El médico me recetó un gramo de antibiótico cada 24 horas; era demasiado, pero estaba tan asustada con la fiebre que me tomé la dosis sin pensar. 

Como era de esperar, la flora bacteriana de mi cuerpo quedó reducida a su mínima expresión, y a los pocos días, además de gastritis, me dio una candidiasis de terror. 

Y digo "de terror" porque me produjo sensaciones que jamás había tenido; más allá del malestar cutáneo, empecé a tener pensamientos rarísimos y antojos irrefrenables de azúcar, lácteos, pan y pastas. 

Me documenté lo más que pude y entonces comprendí que esos antojos eran detonados por una toxina que la cándida envía al sistema nervioso y que es interpretada como “dame carbohidratos” , porque el principal alimento de la levadura es, precisamente, el azúcar y las harinas refinadas. Las eliminé de mi dieta, aumenté el consumo de probióticos y la cándida se retiró de la escena.

Después de ese episodio dejé de ver a mi cuerpo como un bloque de células humanas y comprendí que era un ecosistema cuyo equilibrio depende en gran medida de las bacterias y los hongos que lo habitan. Un simple recordatorio: por cada célula humana hay 100 bacterias; ellas evolucionaron con nosotros y nosotros con ellas. Son tan necesarias para nuestra sobrevivencia que en la primera hora de vida, cuando el recién nacido se pega al cuerpo de la madre y toma el calostro, recibe la cantidad de bacterias indispensable para digerir la comida que consumirá el resto de su vida. 

Desafortunadamente, los que nacimos y crecimos a fines del siglo XX fuimos inoculados con la idea de una vida hiperhigiénica donde la simple mención de la palabra "bacteria" u "hongo" hace que alguien corra por el cloro y la caja de antibióticos. Este concepto es tan absurdo y perverso que mucha gente considera que los alimentos que salen de una fábrica son más "limpios" o "seguros" que una zanahoria recién cosechada o un yogurt hecho en casa.

El asunto es que ahora (después de que la industria farmacéutica y alimentaria se encargaran de satanizar a las bacterias) la ciencia ha comenzado a difundir un enfoque más positivo y realista acerca del papel que los microorganismos tienen en nuestro cuerpo y lo importantes que son para mantener la salud. Han satanizado a las bacterias, creando miedo a ellas entre la población. 

Es cierto que hay bacterias nocivas, pero las bacterias benéficas que habitan nuestro cuerpo las superan en millones . Los problemas de salud no se dan solo cuando "agarramos" una bacteria nociva; cuando nuestra población de bacterias y hongos benéficos se “enferman”, se altera el equilibrio de ese pequeño ecosistema que es el cuerpo humano.
Un estudio a tener en cuenta

Un estudio reciente, publicado en el diario científico BioEssays, sugiere que el ejército de bacterias que vive en nuestro tracto digestivo (al igual que la cándida), envía mensajes al sistema nervioso para obtener lo que desea. “Las bacterias de nuestro aparato digestivo son manipuladoras”, señala Carlo Maley, Doctor en Ciencia y director del Center for Evolution and Cancer de la UC San Francisco. “El microbioma de nuestro cuerpo tiene una diversidad de intereses; algunos de ellos van de acuerdo con nuestros objetivos dietéticos y algunos no”.

Estudios que datan de la primera década de este siglo han mostrado que las bacterias del tracto digestivo liberan químicos que se transportan a lo largo del nervio vago (la super carretera por donde circulan mensajes neurológicos entre el estómago y la base del cerebro). 

El estudio realizado por el equipo del Dr. Maley mostró que estos químicos son información que el cerebro traduce en antojos y apetitos, sin embargo, los mensajes de las bacterias van mezclados con los de las células humanas.

Nuestra dieta tiene un enorme impacto en la población de bacterias que trabajan para regular nuestra digestión; el tracto digestivo es un ecosistema que evoluciona en cuestión de minutos, pero que está sustentado en la información genética que heredamos . 

Por ejemplo, un tipo de bacteria que sólo se encuentra en tracto digestivo de los japoneses ha evolucionado especialmente para digerir las algas marinas que forman parte de la dieta básica en esa región del mundo, a diferencia de lo que ocurre con los lácteos y los azúcares refinados. Basta recordar lo que ocurrió después de la guerra de Vietnam, cuando organizaciones humanitarias enviaron toneladas de leche en polvo que provocaron en la población surasiática diarreas y problemas intestinales más graves que el beneficio que pretendían brindar.

La teoría señala que las bacterias son capaces de enviar mensajes químicos para que consumamos los alimentos que requieren. Así, cuando las bacterias requieren azúcar, liberan químicos que nos hacen sentir mal hasta que la consumamos, y otras enviarían señales de bienestar para recompensar nuestro comportamiento.

La Dra. Athena Aktipis, miembro del mismo equipo del Dr. Maley, señaló que la capacidad microbiana para manipular nuestro ánimo y nuestro comportamiento es tan eficaz que incluso afecta nuestros receptores gustativos. Una dieta rica en alimentos no procesados es benéfica para la flora intestinal. 

Sin embargo, al tratarse de una relación simbiótica, también puede ser manipulada por nuestros hábitos dietéticos. “La población microbiana se puede manipular fácilmente con probióticos, prebióticos, antibióticos y cambios en la dieta, tanto así que a partir de ello se pueden tratar problemas de desnutrición y obesidad”.  

Cada vez son más los estudios que avalan estos descubrimientos. Algunos incluso han mostrado que los probióticos reducen los niveles de ansiedad en ratones de laboratorio, y otros muestran resultados similares cuando las personas consumen probióticos durante cuatro semanas seguidas. Debido a que los probióticos restauran la salud de las bacterias, éstas reducen el envío de señales al sistema nervioso.

 

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